El Monkey Week contra los elementos I

Por Natxo Medina

Tratar de explicar en unas cuantas líneas en qué consiste un encuentro (pues esa es la palabra que me viene a la mente antes que la muy genérica y últimamente algo denostada “festival” y así es además como ellos mismos se denominan) como el Monkey Week, que acaba de celebrarse durante cuatro días en la localidad gaditana del Puerto de Santa María, se hace difícil desde la posición del profesional del gremio, dado que, precisamente, lo que diferencia a esta cita de muchas otras es el peso que la organización concede al debate y la reflexión, la intención de unir, bajo un mismo techo a promotores, artistas, propietarios de salas, prensa, discográficas y demás trabajadores del sector para que discutan, charlen, intercambien, creen alianzas. Una muy sana, y habrá que ver si productiva (será a la larga, en todo caso), intención de poner de manifiesto que sí, en este país empieza a haber algo parecido a una industria de la música independiente, y hay que trabajar duro y juntos para que tire adelante con unos mínimos.

Al ser, por tanto, más que un festival (con muy interesantes nombres este año como Andrew Bird (foto), Pony Bravo, Faust, Triángulo de Amor Bizarro o Joy Orbison en el escenario principal y alrededor de 90 bandas más entre showcases y escenarios alternativos), quien asiste a él para algo más que para disfrutar o valorar los conciertos tiene muchísima tela que cortar. Tras cuatro días muy intensos a todos los niveles, cuesta ordenar las ideas y parece que tendrán que pasar las semanas para que todo se asiente como es debido y sacar al guna conclusión. Pero así, de primeras, lo que viene a la cabeza es que, pese a su buena voluntad, el espíritu Monkey Week se ve abocado a una dura confrontación con la realidad.

En primer lugar, y empezando por lo más prosaico, la segunda edición del evento se las ha tenido que ver con la lluvia. El sábado 9, chaparrones torrenciales pusieron en peligro mucho material técnico, a alguna de las bandas encaramadas en el autobús especial que Red Bull había instalado en el Monasterio de la Victoria, obligaron a suspender tres de los conciertos grandes de la primera noche (Lüger, Faust y Chrome Hoof) y provocaron quejas, algún disturbio aislado y una gran frustración por parte de los organizadores y bandas, que veían que las previsiones meteorológicas se ponían negras y con ellas las posibilidades de llevar el festi a buen puerto. Al final la sangre no llegó al río, afortunadamente, y las dos jornadas siguientes pudieron celebrarse con total normalidad. Tanta lluvia tan de pronto, y más cuando los dos días anteriores habían lucido un sol brutal, parecía una broma irónica a costa del esfuerzo de los organizadores. Moraleja primera: siempre puede haber un imprevisto que lo joda todo. Pero ahí seguimos.

En segundo lugar, el espíritu Mono se ve enfrentado a un factor clave: el paso del tiempo. Es un problema muy humano y que nos afecta a todos en mayor o menor medida y de diferentes formas, pero que en lo que se refiere a la industria de la música independiente se traduce en gran parte en lo que podríamos denominar como “brechas generacionales”, en plural, porque son varias y distintas.

La primera podría ser la más evidente: la brecha del modelo económico aplicado a la industria. Durante los años 90, que fueron época de vacas supergordas (como afirmó Miqui Puig en una de las ponencias) y bisagra para el cambio en la conformación del concepto “indie” en nuestro panorama, las compañías grandes hicieron verdaderos despligues de medios y recursos económicos para tratar de alguna manera de reproducir el modelo industrial tradicional, copiado directamente del mercado anglosajón, en el que el ciclo artista-manager-representante-ejecutivo-aparato promocional se cumplía a rajatabla. Hoy, el mercado se ha atomizado de tal manera debido a múltiples factores (muy importante el advenimiento de las redes sociales, pero también al aluvión de bandas y a la constatación por parte de las grandes discográficas de que el mercado español es diferente y más difícil que otros mercados en lo que se refiere a música alternativa) que cuesta mucho seguir con una estrategia de mercado única, definida y fiable. Quince años después de que Los Planetas se convirtieran en la primera banda referencial de nuestro indie, impera el modelo del sálvese quien pueda, y ante esta realidad, no todo el mundo sabe reaccionar como debería.

Imágenes de la conferencia “Bajo los focos. Músicos, independencia y sus consecuencias”. ¿En qué situación se encuentra actualmente el músico dentro del sector independiente? ¿Dónde se encuentra la membrana que separa la independencia del mainstream para un músico en España? Carencias, aspiraciones, relaciones con la prensa, los sellos y las promotoras. Con: Joan S. Luna (Mondo sonoro), Miqui Puig, Nacho Vegas, Hendrik Röver, Juan Aguirre (Amaral).

Hoy por hoy hay tantas maneras de hacer las cosas que cuando uno escucha las quejas de ciertos músicos, de ciertas discográficas y ciertas instituciones al respecto de lo mal que funciona el negocio de la música es inevitable pensar en victimismo barato. Más allá de la necesidad, supongo que natural, de culpar a alguien ajeno del fracaso propio, uno piensa que ahí afuera están unos Tarántula, que se decidieron salir de la SGAE, poner todo su material en descarga directa en su web y editar sus referencias en formatos que les fueran afines de la manera que les diera la gana, unos Pony Bravo que han decidido licenciar todas sus obras bajo el aparato del Creative Commons, unos Love of Lesbian que graban al amparo de Warner,  o unos Toundra que gracias a Aloud tienen un poco de los dos modelos (la gente se puede descargar sus discos pero a la vez su discográfica decidió estar dentro de la SGAE y ellos podrían recibir dinero a través de los medios tradicionales si se diera la situación). Todas estas bandas hoy por hoy pueden ganar el suficiente dinero (cada uno a su nivel, claro) para que sus giras no resulten una ruina, para poder tocar y expresarse y sacar algo de dinerillo de la experiencia.

Bien, es posible que sólo una de las cuatro dé el suficiente dinero para que sus miembros vivan exclusivamente de su grupo, pero admitámoslo: el público de este país es muy difícil si no estás cantando canciones pegadizas en castellano que todo el mundo pueda entender. Pero es que aparte de todo habría que pensar, sencillamente, si seguimos viviendo en un modelo de industria en el que el artista que haga algo medianamente diferente a la media pueda vivir de ello. Puede que sea una putada, pero es que es así, y la música no va a detenerse por tí. ¿Deberían entonces los grupos dejar de hacer la música que les interesa? Eso sería la muerte de la escena independiente, sería la muerte de los No-Bisbales del mundo hispánico.

Durante los tres días de conferencias he escuchado muchas quejas al respecto del funcionamiento del aparato industrial de la música en España pero todas ellas me han parecido o bien quejas de gente que no sabe cómo crear música diferente que atraiga a público nuevo (comprobado ha quedado viendo según qué conciertos del festival), o bien quejas de instituciones que quieren perpetuar el modelo tradicional de sacar dinero de los artistas o bien quejas del aparato externo a todos ellos (distribuidoras, promotoras) que exigen poco menos que a la gente le guste lo que hacen sus artistas, vayan a verlos en directo y apoyen sus conciertos, y si no que el Estado les ayude para que no palmen pasta. Está claro que todo el mundo quiere vivir de la música, pero entonces ¿por qué hay grupos que ya lo hacen y trabajan y no se quejan y ni siquiera estaban en ese Monkey Week partiéndose el pecho diciendo según qué barbaridades?

Es normal que una institución como la SGAE que ha tenido como adalides a gente tan alejada de la realidad actual del mundo independiente como Ramoncín, Ana Belén o Melendi defienda un modelo tradicional de enfocar el ganar dinero para los artistas, y habría que decir que después de escucharles, hay ciertos elementos de su planteamiento que tienen su sentido, pero también es cierto que sólo con escucharles dan ganas de no pertenecer a nada de lo que les dé la gana de hacer. El problema no son ellos en sí sino la imperiosa necesidad de decir: “quiero volver a algo más puro que eso, quiero volver al hacer canciones porque quiero hacerlas”. Parece que algo así se ha olvidado en la vorágine que supone tener un grupo (algo muy difícil y muy duro y que cuesta muchísimo tiempo, esfuerzo y dinero) pero es que uno acaba planteándose al oirles hablar si hacer música debería ser lo que ellos plantean, que es algo como una especie de funcionariado.

El propio Miqui Puig decía algo muy significativo al respecto: “Me da lástima que hayamos perdido la capacidad de disfrutar de hacer música”. Y esa es una gran verdad desde la que podríamos hacernos preguntas como: ¿Debería ser obligado que todos los grupos se ganaran la vida con su música o eso debería ser algo más circunstancial que les ocurre a las bandas lo suficientemente buenas o únicas o trabajadoras que consiguen el éxito a través de años de esfuerzo? Y en último término ¿para qué estamos haciendo esto?

Imágenes de la conferencia “Bajo los focos. Músicos, independencia y sus consecuencias”. ¿En qué situación se encuentra actualmente el músico dentro del sector independiente? ¿Dónde se encuentra la membrana que separa la independencia del mainstream para un músico en España? Carencias, aspiraciones, relaciones con la prensa, los sellos y las promotoras. Con:Joan S. Luna (Mondo sonoro), Miqui Puig, Nacho Vegas, Hendrik Röver, Juan Aguirre (Amaral).

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